De dónde viene el examen
Ignacio de Loyola (1491–1556) no inventó el repaso diario: ya lo conocía la Antigüedad. Lo nuevo en él es el orden: cinco pasos, los mismos cada día, tan breves que caben en una vida llena.
Lo tenía en tanto que permitía a sus hermanos dejar la meditación en casos urgentes, pero no el examen. Es el ejercicio que convierte un día vivido en un día orado.
En los Ejercicios Espirituales la indicación está en el número 43 y se llama allí «examen general de conciencia». El segundo camino, más concreto —el examen particular— está en EE 24 a 31 y mira durante semanas una sola cosa.
Los cinco pasos
1. Acción de gracias
La gratitud está al principio a propósito, no al final. Quien empieza buscando fallos encuentra fallos y nada más. Quien empieza dando gracias ve el día primero como don, y reconoce con más claridad también lo torcido.
Pregunta en concreto: ¿qué fue bueno hoy? No «la vida en general», sino la conversación de la tarde, la luz al volver a casa, la frase que alguien te dijo.
2. Petición de luz
Basta una frase: Señor, muéstrame este día con tus ojos. Es el paso más corto y el más importante. Sin él, el examen se vuelve interrogatorio de uno mismo, y eso resulta o demasiado duro o demasiado cómodo, nunca exacto.
3. Repaso
Ahora recorres el día por orden: despertar, mañana, mediodía, tarde, noche. Todavía sin juzgar, solo mirando.
Ignacio atiende sobre todo a los movimientos: ¿dónde te ensanchaste por dentro, dónde te estrechaste? ¿Dónde hubo alegría, dónde inquietud? De esos movimientos nace después el discernimiento de espíritus, con sus palabras propias: consolación y desolación.
Detente donde algo pese. Un examen que trata igual las dieciséis horas pasa de largo por lo que importa.
4. Dolor y perdón
Di aquello de lo que te pesa. Claro, sin adornos y sin ajustar cuentas. Después pide perdón, y acéptalo. Aceptarlo es la parte que más se salta.
No el mucho saber harta y satisface al ánima, mas el sentir y gustar de las cosas internamente. (Ejercicios Espirituales 2)
Si este paso se alarga y pesa una y otra vez, es una señal: no de pecado, sino de escrupulosidad. Ignacio la conoció en carne propia y le dedicó reglas propias (EE 345–351). Su consejo es sorprendentemente sobrio: no ceder al escrúpulo, sino obrar contra él.
5. Propósito
Al final, una sola cosa para mañana. Una, no cinco. Lo bastante pequeña como para poder responderla mañana por la noche: no «ser más paciente», sino «escuchar en la mesa sin interrumpir».
Después un Padrenuestro, y se acabó.
Cómo empezar esta noche
Busca una hora fija: después de cenar, antes de lavarte los dientes, da igual, pero la misma. Siéntate donde no te duermas. Cinco minutos bastan.
Los tres errores más frecuentes al empezar:
- Demasiado tarde. En la cama el sueño vence a cualquier propósito.
- Demasiado largo. Quien empieza con veinte minutos lo deja a los nueve días.
- Demasiado solemne. El examen es una conversación, no un examen académico. Si lo parece, falta el paso 1 o el paso 2.
El examen y la confesión
Quien reza el examen durante semanas acaba viendo repeticiones: la misma impaciencia, la misma retirada, el mismo punto donde se rompe. Ahí está el paso hacia la preparación para la confesión: no una lista de casos sueltos, sino la raíz que hay debajo.
El Catecismo señala el examen de conciencia a la luz de la Palabra de Dios (CEC 1454) como el camino hacia allí. El examen es su forma diaria y pequeña.