Las tres partes de tu preparación
El Catecismo enumera los actos del penitente: contrición, confesión, satisfacción (CEC 1450–1460). Lo que puedes hacer antes se reduce a tres cosas.
1. Examen de conciencia
Recorre el tiempo transcurrido desde tu última confesión. No día por día, sino ámbito por ámbito: Dios, las personas que te rodean, tú mismo. Una serie ordenada de preguntas ayuda a recordar lo que se ha ido hundiendo.
Quien reza con regularidad el examen diario ya ha hecho la mayor parte de este trabajo, y suele ver con más claridad porque conoce sus repeticiones.
2. Dolor de los pecados
La contrición no es un sentimiento que haya que producir. Es un juicio de la voluntad: eso estuvo mal, me pesa, ya no lo quiero.
El Catecismo distingue dos formas (CEC 1451–1453). La contrición perfecta nace del amor de Dios. La imperfecta nace de ver la fealdad del pecado o del temor al castigo. Ambas bastan para el sacramento. Así que quien solo siente lucidez sobria y ninguna emoción no está peor.
3. Propósito
Un propósito, no seis. Tan concreto que dentro de cuatro semanas puedas decir si sigues en ello. «Ser más humilde» no se puede comprobar; «no interrumpir a mi mujer», sí.
Y además: un propósito que falla no invalida retroactivamente la confesión. Pertenece a la contrición, no a un balance de resultados.
Los pasos
- Llegas. Confesionario o sala de reconciliación, cara a cara o tras la rejilla. Donde se ofrecen ambos, puedes elegir.
- Señal de la cruz. «En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.»
- Comienzo. «Mi última confesión fue hace…» Después: «Me acuso de…»
- Confesión. Dices lo que quieres decir. Con calma, sin adornos.
- El sacerdote responde. A veces pregunta, a veces aconseja, a veces dice una sola frase.
- Penitencia. Te da una oración o una obra.
- Acto de contrición. Con tus palabras o con uno de los textos de abajo.
- Absolución. «Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.» Respondes: «Amén.»
- Despedida. Normalmente: «Vete en paz.»
Un acto de contrición
Si no te salen palabras propias, basta uno de estos. Ninguno hay que sabérselo de memoria; se puede leer.
Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío: por ser Tú quien eres, Bondad infinita, y porque te amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberte ofendido. También me pesa que puedas castigarme con las penas del infierno. Propongo firmemente nunca más pecar y apartarme de todas las ocasiones de ofenderte. Amén.
Más breve:
Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, que soy un pecador.
O sencillamente, con tus palabras: Me pesa. Quiero empezar de nuevo. Ayúdame.
Si hace años que no vas
Es el caso más frecuente y el más sencillo. Tres cosas prácticas:
- Pide una cita en lugar de apretarte en los veinte minutos previos a la Misa dominical. Llama a la parroquia o habla con el sacerdote después de la Misa.
- Di primero que hace mucho que no vienes. Así el que tienes delante sabe por dónde empezar.
- No vayas con un inventario completo. Lleva lo que de verdad te pesa. Lo demás puede salir en la conversación o esperar a la próxima vez.
Si te cuesta recordar, empieza por aquello que no te suelta desde hace años. Precisamente para eso está el sacramento.
Cuando la preparación no termina
Hay un punto en que lo cuidadoso se vuelve tormento: el examen se alarga, encuentra siempre nuevos detalles, no acaba nunca del todo, y después no queda paz sino miedo. Eso es escrupulosidad, no esmero.
Lo que ayuda: fijar un tiempo y parar cuando se acabe. Aceptar la absolución aunque el sentimiento vaya por detrás. Y hablarlo, con el confesor o con un acompañante espiritual. Ignacio escribió reglas para este caso (Ejercicios Espirituales 345–351); su consejo es precisamente no ceder al escrúpulo.