El texto
Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
¡Oh, buen Jesús!, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de Ti.
Del maligno enemigo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a Ti,
para que con tus santos te alabe
por los siglos de los siglos. Amén.
(Texto según Vatican News, sección Oraciones.)
De dónde viene
La oración aparece en manuscritos de la primera mitad del siglo XIV; el autor es desconocido. En 1330 el papa Juan XXII la enriqueció con indulgencias, señal de que ya entonces estaba extendida.
San Ignacio, por tanto, la encontró hecha. En los Ejercicios espirituales la cita varias veces (Ej 63, 147 y 253) y la propone para el coloquio, es decir, para ese momento en que quien reza deja de meditar y habla a Cristo "como un amigo habla a otro" (Ej 54). De ahí viene su larga asociación con la espiritualidad ignaciana, y de ahí también el error extendido de creerla suya.
Cómo está construida
Las cinco primeras líneas no piden cosas, piden a una persona. Alma, cuerpo, sangre, agua del costado, pasión: son los modos en que Cristo se ha entregado, y cada uno se pide para una necesidad concreta. Santificar, salvar, colmar, lavar, confortar.
Solo a mitad cambia la dirección. Desde "dentro de tus llagas, escóndeme" ya no se habla de lo que Cristo hace, sino de dónde quiere estar quien reza. El movimiento va hacia dentro, hacia un refugio, y termina en la petición mayor: no ser separado.
La última parte mira a la muerte, y lo hace sin dramatismo. "En la hora de mi muerte, llámame" es una petición serena, de quien ya ha pedido todo lo demás.
Su lugar después del examen de conciencia
Quien reza cada noche el examen conoce el problema del final. Se ha dado gracias, se ha repasado el día, se ha nombrado lo que salió mal, se ha tomado un propósito. ¿Y entonces?
Ignacio prevé aquí un coloquio, no una conclusión formal. El Anima Christi encaja precisamente porque no resume nada: no vuelve sobre las faltas recién nombradas, sino que las entrega. Quien acaba de reconocer sus propias heridas pide ser escondido en otras heridas, y ese es exactamente el paso que el examen debe dar si no quiere convertirse en un balance.
En Lumen esta oración está disponible como texto para el cierre de la noche, junto con el Suscipe y otros textos ignacianos.